Susana Karlick Diaz

1966 fue un año que marcó un hito en la historia de la Universidad del Pacífico: cuatro años después de haber sido fundada, ingresó su primera promoción de mujeres. En ese pequeño grupo se encontraba Susana Karlick. Sus recuerdos están perfectamente intactos: “Al inicio éramos más de diez alumnas pero luego nos separaron por carreras. Entonces quedamos solo Isabel Montero y yo en Administración. Éramos nosotras dos y cuarenta chicos más. ¿Te imaginas? Desde el primer momento nos dimos cuenta de que teníamos una muy buena calidad de enseñanza y profesores excelentes”.

Al ser hija única, Susana confiesa que desarrolló cierto sentimiento de pertenecía hacia su promoción. Todos los chicos eran como sus hermanos. Hasta el día de hoy, más de cuarenta y cinco años después, existe un cariño inmenso hacia todos ellos. Además, era un gran grupo de hombres que las cuidaban a ella y a Isabel.

“En medio de esa gran familia, la UP me fue formando. La preparación de la universidad, sumada a la educación de mis padres, me fue fortaleciendo. Desarrollé capacidades de las que me sentía muy orgullosa. Al poco tiempo de salir de la universidad, por ejemplo, empecé a trabajar como asistente de un ejecutivo de una empresa textil. Debía aprender los diferentes procesos de esa industria. Fui aprendiendo. Y también ascendiendo. A los pocos meses me pusieron a dirigir mi propia área. Nunca imaginé ascender tan rápido. Era una división pequeña, pero yo estaba al frente. Así fui haciendo carrera en este sector”.

Pero esa línea de carrera que cuenta Susana no es un detalle menor. Aquellos eran días en los que no se veían demasiadas mujeres trabajando. Era una época en la que las primeras profesionales poco a poco iban insertándose en el mercado laboral. En ese largo proceso de aprendizaje y profesionalización, algo que siempre le llamó la atención, comparada con el propio personal con el que laboraba, era la buena formación que había recibido en la UP. Lo notaba en la forma de calcular, de pronosticar, de anticiparse a los hechos. Tenía otro tipo de enfoque. En ese tiempo no había computadoras y uno debía hacerlo todo. Ahí se reconocía la verdadera capacidad y destreza de un profesional. Además, muchas veces Susana se enfrentaba a situaciones en las que se hacían presentes los valores y principios de casa y de la universidad. Así llegó a convertirse en una ejecutiva que trabajó durante más de dos décadas en la industria textil.

“Era muy buena para negociar. Siempre he tenido un trato muy amical con las personas y eso me ayudaba a entablar una relación con éstas. El saber relacionarme también se potenció en la UP. Cuando era chica nunca fui muy conversadora, pero en la universidad conocí a gente tan valiosa e íntegra que fue inevitable compartir con ella”, cuenta Susana, quien nunca olvida que cuando perdió a su padre en el último año de estudios, la UP la apoyó con una beca. Luego, cuando se graduó y consiguió trabajo, devolvió el dinero. “Esa era una de las condiciones. A mí me parecía lo correcto ya que de esa forma se ayudaría a alguien que necesitara una beca al igual que yo la necesité en su momento”.

Susana afirma que en todos los lugares en donde trabajó, tuvo el privilegio de hacer lo que le gustaba. Y eso es algo que valora mucho. “A veces cuando uno es joven es ciego como un topo. Ahora tienes veinte años y dentro de tres minutos tienes setenta. Por eso hay que aprovechar cada momento. Si hay algo que me dio la UP fue seguridad en mí misma y confianza en que podía hacer muchas cosas. Así lo he hecho. La universidad hizo que no le tuviera miedo a los retos. Porque el miedo es lo peor que le puede pasar a una: el miedo te ata y te estanca. Estoy convencida de que la UP ha cambiado muchos destinos”.

 

 

 

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